Los mecanismos de la idiotez humana



Hay muchos tipo de idiotez humana. La idiotez animal no la tengo tan estudiada, pero a simple vista me parece más bien una torpeza motriz. La humana, en cambio, aunque se despliega en miles de variantes, tiene el mecanismo de una torpeza mental, que conlleva un alto grado de vaguedad. Es un músculo laxo, fofo, blando que se niega a ser ejercitado. Esa negación es la misma idiotez humana.


La idiotez humana es algo mental de lo que se carece, y por eso mismo, funciona como un abrojo ante aquello que el idiota identifica como anti-idiotez o proactividad del otro para con el otro mismo.


La idiotez humana experimenta el vampirismo por esa falta de motricidad emocional o falta de voluntad hacia el trabajo, llámese interior o personal. No es el trabajo físico o el que deja dinero o labra la tierra. Es ese trabajo invisible, emocional e interno. Por ejemplo, el trabajo de poner palabras a las sensaciones o deseo profundos y ocultos o no emergentes... ¡Vaya que es un trabajo!


La idiotez aparece entonces cuando hay una evasión de una charla personal e íntima con uno mismo, es una carencia, no orgánica ni química ni fisiológica, es una carencia de voluntad. Una carencia actitudinal. Y obviamente esta primera carencia derramará las carencias materiales o de relaciones o las comprimirá.


Por eso, el idiota muchas veces ejerce vampirismo con aquel que no es carente y se presenta como abundante en sus procesos personales. El idiota chupa esa voluntad del autoconocimiento que tiene el otro, pero -y acá viene la sátira del idiota y lo más humano del idiotismo- el idiota luego no sabe qué hacer con esa voluntad que ha robado y le es ajena. Termina por derrochar la voluntad robada, la rechazar o la hace a un lado, ya que la desconoce como propia y no encaja en su propio ser. Se siente ajeno con esa energía que le viene de afuera y que ha chupado del otro. (Claro, no encaja la voluntad del otro en ese idiota).


Ese círculo que se auto-propina el idiota, de carencia-vampirismo-rechazo-carencia es mucho más trabajoso, desgastante y laborioso que la voluntad del proactivo, aquella que el idiota -en el fondo- envidia tener. Y aquí se evidencia la profunda identidad del idiota que, cuando cree que está tomando atajos por vaguedad de su músculo interno, en verdad está trabajando más que el humano proactivo, con menores o nulos resultados.


Así, observamos que la idiotez surge como consecuencia de ese músculo de voluntad empobrecido, y de, a su vez, una profunda falta de honestidad con ese pobre músculo, lo que genera múltiples caminos hacia un no lugar.


Cuando el proactivo lo que hace es trabajar y fortalecer su músculo, el idiota sólo aparenta trabajar su músculo sin tonificarlo, cayendo en quejas, excusas, acusaciones y un sinfín de relatos efervescentes. Más y más trabajo sin cosecha.


Por último, sólo queda decir que, si alguna vez te sientes un idiota (puede pasar) lo que hay que hacer es identificar dónde se aloja el músculo laxo y ponerlo a hacer ejercicio, sin quejas, sin excusas, sin comparaciones ni dilaciones. Lo único que reduce la idiotez humana es el ejercicio concentrado en la tonificación íntima.

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