Juan, por Juana


Querido Juan:

Te escribo porque estuve pensando en la necesidad de crear una logia. Un grupo secreto como los que ya no ocurren, el ocultamiento como balanza de la exposición contemporánea. El misterio real. La creación. Neta. Sin slogan.

Juan, te escribo porque estoy convocando a otros locos que también deseen juntarse secretamente. De ser asumido el compromiso deberías inventarte una coartada. Algo que decir cuando te pregunten qué has hecho esas horas de ausencia.

En estos encuentros usaremos las sillas de edredón. Miraremos al azar lo que el inconsciente nos dicte y practicaremos sonidos guturales como “nmmm” o “ajjjj”.

Juan, yo se que también tú -como a los otros locos que ando convocando- tienes la necesidad de engañar un rato a tus círculos y meterle mano indiscreta a tus pulsiones animales. ¡Venga hombre! A mí no me engañas, que se te ven los ojitos brillosos cuando te acorrala la muchedumbre. Y tú, que tan manso pareces al responder desde ese escalafón social donde te habitas, se nota que tu interior exige crueldad. Crueldad de la buena. Gente que no te aplauda, que te discuta de igual, y te acorrale con su navaja axiológica, porque ahí es cuando realmente te regodeas de quién sos y retomas sensaciones en el estómago.

Juan, he pensado que para que ésta logia tenga sentido deberíamos hacer algo ilegal. Así seremos rudos y misteriosos. Desafiantes verdaderos. Deberíamos beber un trago fuerte. Podría ser algún elixir inventado por uno de los locos locos. El elixir de la crueldad que nos quite el aplauso permanente, la sonrisa dibujada, ritmos por mucho predecibles. Algún trago que nos ponga contra la pared de nuestra propia comprensibilidad y nos invite a atravesarla. Alguna sustancia que nos despierte el animal agazapado, pues así nacería nuestra propia lógica, trascendente al exterior. ¡No! No utilizaremos polvos blancos Juan. En principio, no es ilegal consumirlo. Además, el negocio ya está muy repartido y de Freud para aquí ha perdido misticismo (que es lo que buscamos).


Sí, ya sé Juan que lo haces para explorar, pero, ¿acaso qué es eso? ¿Eh? Explorar las fibras sensibles del ser o escapar a la sociedad que te ha aprisionado dentro de una TV color (2D). Es salir de esa cajita, conocer la tecnología 3D, 4D, 5D y volver. Oh si. Siempre volver. Volver a contarle a tu fatídico círculo de bufones las andanzas andaluzas que los estimulantes te mostraron. Es que esa vuelta a la TV es volver enriquecido, no enloquecido (pues vuelve tu estructura a acechar). Riqueza que memoria en tus células le sirve de alimento a la razón, y a las sanguijuelas que se nutren de tu cuerpo.

Juan, creo que ya se, podríamos robar. Eso siempre es bueno. No. ¿No? Robar para ir en contra de la materia. Robar para ser malos y no estar en el ángulo victimizado o del salvador. Perseguidores seremos, y no como Robin Hood, ese maloliente gusano que nos hizo creer que el sistema no devora las bondades más puras de las personas. ¡Patrañas! Eso seremos, bien malitos, para demostrar que la sociedad nos carcome, que nuestros cuerpos contracturados y los pellejos del costado de nuestras uñas –arrancados por nuestros propios dientes- son la punta del Iceberg de toda la invasión que sufrimos desde que adoptamos la palabra. “Mam...mma”. “Mira Ramón, que tu hijo ha dicho mamá”. Llorar de alegría. Ese día en que acaba la bestia. El duelo del alma se oculta bajo otro dolor corporal “sin razón”. Una huella que resolverás con años de consultas a algún especialista que te dice como tu madre lo ha hacho mal, si tu crees que eso es solución.

Juan, te escribo para que formemos una logia secreta. Nos ocultaremos para mostrarnos la luz bestial al amanecer (la noche siempre es buena para eso), para convertirnos en Hades, para equilibrar banalidades de mutantes que vagan buscando luz. Seremos la orfandad del estrellato. Nuestros velos serán relato de la contratara de ésta sociedad. Seremos la amante social que se junta a garchar a las 9AM en un telo de microcentro. Robaremos a los pobres siendo ricos. Haremos carne lo oculto de esta tribu de corazones ausentes. Seremos la leyenda que en el futuro contarán sobre el pasado sin destino. Somos nada más que el discurso del que nadie se hace cargo y como somos valientes lo haremos hasta el hartazgo o hasta morir ahogados por nuestra genialidad.

Juan, ya no te escribo más. Piénsalo tranquilo y échate a dormir que el silencio te dirá cómo y cuándo ha de salir el mutante de tus bacilos. Es la duda la que te mete ritmos, no la constancia. Y ahí, en esos minutos de vacío, el sonido se vuelve crucial.

Con delicioso pesar,

Juana