Don´t Loook Up: cuando Byung-Chul Han encontró Hollywood


Si Byung Chul Han fuese guionista quizás nos sorprendería con un humor similar al de Mckey.

La película no revela nada nuevo de nuestro estilo de vida, pero es un espejo, pulcro y necesario, que logra retratar como pocas obras el cinismo colectivo. El humor bizarro que maneja se vuelve así una profunda crítica postmoderna.

¿Cuáles son sus pilares teóricos y por qué podría ser la película de Byong Chul Han?

El capitalismo salvaje revestido de felicidad, hasta verdaderamente las últimas consecuencias. Una clase política arrodillada a las encuestas de opinión, la pulsión sexual y la espectacularización de todo. El show como mecanismo de los buenos y de los malos revela un realismo interesante. Héroes ignotos con una verdad que nadie escucha, ¿cuántos de nosotros creemos que tenemos una verdad que nunca será escuchada? Los que lideran las corporaciones tecnológicas aparecen como verdaderos gurús del futuro, el poder detrás del poder, con sus discursos superficiales de “vive el momento, consume ahora y ¿para qué sufrir”, igual de impotentes que todo el resto. La sociedad anestesiada es la propia generadora de memes, con el mismo poder que ´40 los dictadores fascistas desarrollaban sus propagandas. Internet ha quedado lejos del la promesa democrática del conocimiento, y es más un fascismo decapitado, acelerado: cabezas que consumen sin pies.



El film es largo pero muy bien llevado, quizás por la buena construcción de personajes. Lo malo: están polarizados. Los malos son muy malos, parecen personajes de Disney, capaces de olvidar incluso el amor de un hijo. Los buenos vuelven a casa a morir con los suyos, incluso a rezar, piden perdón, son perdonados. El final es predecible.


El guión se repite en los ataque de nervios, primero de Kate Dibiasky (Jennifer Lawrence) y después de el Dr. Randall Mindy (Leonardo Di Caprio).


Hay un running gag que funciona bien y en la órbita del film: demostrar que el poder es obsceno, cuando un coronel del ejército les cobra un snack que es gratuito en la Casa Rosada, y Kate se pasa toda la película preguntándose por qué lo ha hecho. Al final concluye que lo hace sólo porque sabía que ellos descubrirían que era gratis. Es una perversión y eso es el poder.



Por todo ello, quizás sea mejor crítica que película, que se presenta como puro entretenimiento a riesgo de quedar en el olvido fácilmente. Comercial (porque criticar al poder ya no incomoda a nadie, menos cuando s hace al poder visible), espectacular y con estrellas de cine. La fórmula de Hollywood de toda la vida, pero -ésta vez- sin esa cuota de amor de princesas (que se agradece) y con estereotipos menos convencionales. Una película de Netflix que parece haber caído en la trampa del fast food de la postmodernidad que vapulea: ya nos olvidamos de ella.